La Campaña 2019

 

 

 

 

Escucho con frecuencia relatos de personas que, en la infancia, sufrieron algún tipo de abuso en la escuela, en la iglesia o dentro del círculo familiar; ambientes en los que los niños y los adolescentes deberían estar protegidos. Los índices relacionados con este tipo de violencia han aumentado de una manera que realmente asusta; por eso, no podemos ser indiferentes. Según una investigación realizada en cincuenta países por Unicef, entre 2005 y 2016, y publicada en noviembre de 2016, 15 millones de jovencitas de entre 15 y 19 años fueron forzadas a tener sexo, y el 60 % de ellas habían pasado por esa situación durante el último año.

Frente a este cuadro, el gran drama es saber que, detrás de esos números, hay víctimas indefensas que son marcadas por el dolor y el sufrimiento; y al mismo tiempo, “ganan” innumerables problemas, tales como baja autoestima, depresión, ansiedad, pánico y aislamiento social.

Para que estos índices disminuyan y los derechos de los niños y los adolescentes sean garantizados, es necesario educar a la población. Y eso podrá ocurrir si las familias, y las instituciones religiosas, educacionales y sociales se unen con el objetivo de instruir a las nuevas generaciones para que se protejan; también es importante informarles cómo y dónde buscar ayuda. Ese apoyo puede ser ofrecido, por ejemplo, por medio de conferencias y debates sobre la temática, además de la distribución de revistas como esta.

Con el objetivo de descubrir si los niños y los adolescentes fueron o son víctimas de abuso, es necesario observar cambios de comportamiento, así como percibir si presentan algún atraso en el desarrollo físico, emocional o intelectual. El pedido de ayuda puede llegar por medio de un familiar, un colega o incluso un profesor. Pero, sobre todo, es necesario estar atentos, pues los agresores suelen ser personas conocidas de la víctima y, muchas veces, pertenecen al núcleo familiar. Esto aumenta el drama de la persona abusada, pues sufre sin saber dónde y cómo pedir ayuda. Además, siente temor de las consecuencias personales y sociales que pueda acarrear el que su historia se haga conocida.

Frente a este escenario, Rompiendo el silencio no puede dejar de debatir sobre este asunto tan sensible pero urgente. Por eso, preparamos una edición especial para no solo hablar del problema, sino principalmente presentar acciones de prevención, con la intención de evitar el aumento de víctimas y brindar un espacio acogedor a fin de prestar apoyo a aquellos que cargan con heridas todavía no cicatrizadas.

MARLI PEYERL es educadora y coordinadora de la campaña Rompiendo el silencio en Sudamérica.